Fue el ministro brasileño de Finanzas, Guido Mantega, quien le puso nombre hace un par de semanas a la «competición» global que los países han iniciado por devaluar sus monedas y así reanimar el pulso de sus economías por la vía de las exportaciones, una práctica tan peligrosa como inútil, como se demostró en la Gran Depresión. La guerra de divisas global es una variante más ligera de la guerra comercial, es decir, que todos los países quieren tener una moneda más débil para exportar más que sus vecinos, dada la atonía de su consumo nacional. Esta práctica -que se ha convertido en la preocupación principal de la cumbre de otoño que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) acaban de celebrar en Washington- es un nuevo estadio de la crisis que estalló hace tres años y que amenaza con profundizar los daños que sufre la economía globalizada. Por eso esta semana los responsables de los organismos económicos internacionales han dado la voz de alarma y piden cordura y el fin del intervencionismo en el mercado de divisas.
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